Apagó la luz y se fue. Un piso vacío quedaba atrás. Con él un matrimonio fracasado y dos criaturas inolvidables. Hacía tiempo que no las veía, por esas cosas que tienen los divorcios. Cerró con llave y la dejó en el buzón, como había acordado con el propietario. Las horas allí habían sido un simple trámite, una transición del mar al abismo. Ya nada tenía sentido, sólo salir, olvidar, desaparecer.
Llevaba dos días pensando cómo huir, adónde ir, cuándo. Ahora estaba en la taquilla. «Un billete para el autobús que salga lo...
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Continúo las correcciones sugeridas...
Cogí su mano,.... ...